martes, 12 de febrero de 2013

TODO

Lo tengo todo. Sólo me falta aquello que no necesito.

jueves, 8 de diciembre de 2011

NUEVA PUBLICACION

El pasado día Sábado 03 de Diciembre se realizó en los salones de Editorial Dunken la presentación pública de la nueva antología poética de dicho sello "La lenta obsesión", a la que asistí invitado ya que el volúmen incluye mi obra "Mariel", seleccionada por la editorial en concurso abierto. El acto contó con la presencia del selector y compilador Sr César Melis, responsable de la selección de las obras.
El evento reviste mayor importancia para mí ya que es la segunda oportunidad en que alguna de mis obras resulta seleccionada en concurso y publicada. Sin duda un pequeño paso más en el difícil camino de la vocación y del arte de la palabra escrita, pero también un grato momento que pude compartir junto a mi hija Yasmín.

FRASES

Creer que lo sabemos todo y que nada podemos aprender del otro es la mejor forma de probar que no hemos aprendido nada.

domingo, 9 de octubre de 2011

NUEVO LIBRO

El pasado mes de Septiembre tuvo lugar la publicación de seis poemas de mi autoría, los cuales fueran seleccionados para formar parte de la antología de nuevos escritores "Letras del Mundo", editado bajo el sello de Editorial Nuevo Ser. Aunque modesto, no deja de ser un paso importante si se considera que es la primera vez que algunas de mis obras son seleccionadas y publicadas. Teniendo en cuenta que hace escasos dos años que me he volcado a la difusión de mi obra escrita, y más allá de los buenos conceptos recogidos en dicho lapso por parte de lectores e incluso de profesionales del ámbito literario, la presente publicación debe verse como un auspicioso comienzo y grato aliciente para continuar el camino emprendido. Quiero expresar mi gratitud a todos aquellos que de una forma u otra me brindaron su necesario apoyo. A todos ellos, muchas gracias!

domingo, 24 de julio de 2011

Respuesta

Sólo hallarás la respuesta cuando dejes de preguntar.

domingo, 20 de marzo de 2011

FRASES

No creas nada de lo que dije anoche.
Estaba ebrio y sólo hablé con la verdad.

domingo, 21 de marzo de 2010

SUEÑO

SUEÑO
-
Sólo tu amor fué capaz
de rescatar la esperanza perdida
y liberar del ciego laberinto
la fibra íntima de mi alma dormida.
-
Pinceladas tardías de ilusión y de alegría
en un lienzo raído y marcado por el tiempo.
Hoy sueño contigo cuando estoy despierto
y despierto en tí cuando estoy durmiendo.
-
Pero no adivino cuándo estoy viviendo.
Si durante el día a tu voz llamando
o en la solitaria noche de mi lecho
a tu ausente presencia reclamando.
-
He subido al Cielo y no quiero bajar
y si todo ésto apenas lo he soñado
mañana querré no haber despertado
porque ya no quiero dejar de soñar.
-
©Horacio Benites

sábado, 6 de febrero de 2010

TRAGO AMARGO

Bajó del taxi dos cuadras antes y caminó, llevando consigo la bolsa que contenía lo prometido. Era parte del arreglo. Según lo estipulado debía llegar a pié e ingresar por la segunda entrada que daba sobre la avenida. Aunque nunca había estado dentro de la villa, la conocía por los relatos de otros colegas y lo tranquilizaba el hecho que el encuentro hubiera sido previamente arreglado. En teoría, había tomado todos los recaudos necesarios para garantizar su integridad pero aún así no podía evitar una sensación de inquietud y temor pues el lugar era sindicado como uno de los más peligrosos del conurbano. A pesar de ello, seguiría adelante con lo planeado. Había esperado mucho tiempo éste momento y no cabían renuncias ni titubeos.
Al pasar la primera entrada echó un vistazo al interior de la barriada. El camino era muy amplio y se extendía por aproximadamente unos cien metros bifurcándose luego en dos calles más angostas a derecha e izquierda. Era ésta la entrada principal y la utilizada para el ingreso de vehículos, razón por la que el piso de tierra se hallaba prolijamente cubierto por cascotes y piedra partida apisonados. Los campanas monitoreaban permanentemente el lugar e informaban a sus respectivos jefes de cualquier movimiento que allí se producía, utilizando para ello modernos equipos de comunicaciones y un sistema de claves numéricas como el usado por la policía. La segunda entrada era mucho más angosta que la primera y se hallaba ubicada casi a mitad de la cuadra. En efecto, su anchura no superaba los cuatro metros por lo que estaba destinada al ingreso peatonal.
Era notable el grado de organización que existía en la villa. Contra lo que podría suponerse, no reinaba aquí anarquía alguna y las actividades que hacían a la vida en común estaban sujetas a una serie de normas que no por tácitas dejaban de tener efectiva aplicación. El territorio estaba también claramente dividido. La zona residencial se extendía al frente, sobre la avenida, y albergaba a las familias cuyos ingresos provenían de actividades más o menos legales, cirujeo y prostitución incluídos. Luego venía el sector destinado al negocio de los autos, donde podían verse los galpones que los reducidores utilizaban como desarmaderos. Según se decía, muchos policías obtenían aquí los repuestos para sus automóviles particulares. Por último estaba la zona más peligrosa: la de los dealers de la droga, donde cada tanto aparecía algún empleado desleal debidamente escarmentado con un par de balas en la cabeza. La población se completaba con una variedad de pungas y otros delincuentes menores que operaban en barrios alejados de la villa pues les estaba prohibido hacerlo en las inmediaciones del lugar. Como sea, cada cual atendía su negocio y no se metían con los demás.
Ingresó por la entrada que se le había indicado sabiendo que no llegaría muy lejos. Efectivamente, cuando hubo caminado unos cincuenta metros vió que se acercaban dos tipos fornidos que lo miraban fijamente. Uno de ellos se quedó más atrás, el otro se acercó y preguntó sin preámbulos:
- ¿A dónde vá?

- Tengo que ver al Doctor. Me espera.- contestó, y mostrando la bolsa agregó: - Esto es para él.
El campana se acercó a su compañero y le habló por lo bajo, el otro asintió con la cabeza. El tipo volvió a acercarse y dijo secamente:
- Pase.- y señalando la esquina indicó: - Dobla a la izquierda, la cuarta casa, la que es toda blanca.
- Gracias.- respondió él y continuó su camino.
Las casillas que se sucedían a lo largo de la calle, aunque modestas, denotaban una cierta preocupación de los vecinos por darles un aspecto agradable. La mayoría eran de chapa aunque algunas otras mostraban paredes de material sin revocar y se hallaban pintadas de vivos colores. Los chicos compartían el espacio con los perros que deambulaban por doquier e interrumpían sus juegos para observar con curiosidad al desconocido, mientras los rítmicos compases de la cumbia se mezclaban cada tanto con alguno que otro tango.
Al llegar a la esquina dobló a la izquierda. La casa del Doctor destacaba de las demás de la cuadra por el hecho de ser la única pintada completamente de blanco y presentaba al frente una pequeña porción de terreno donde los yuyos crecían a sus anchas. No había reja ni alambrado, y un angosto camino de cemento conectaba la calle directamente con la puerta de entrada. Golpeó sus manos para anunciarse, pero al no obtener respuesta se dirigió hacia la casa buscando inútilmente un timbre. Por fin, cuando ya se disponía a tocar a la puerta, ésta se abrió de pronto y apareció un hombre flaco y alto, de gruesos bigotes. Aparentaba tener unos sesenta años aunque mostraba un buen estado físico, con una ancha espalda y brazos fuertes y fibrosos. La incipiente calvicie en la parte superior de la cabeza no afectaba la estética de su rostro sino más bien acentuaba su dureza, destacando la firmeza de su mirada fría y penetrante.
-¿Qué tal? Usted debe ser Coria, no? -preguntó cortésmente.
Era el Doctor. Su apodo se debía al hecho de ser un hombre instruído que contaba incluso con estudios universitarios aunque nunca había finalizado ninguna carrera, pero en el submundo en el que habitualmente se movía su educación y su clase marcaban la diferencia.
-Así es, Carlos Coria. Y usted debe ser el Doctor.- contestó él tendiéndole su mano.
-Así dicen.- dijo el otro estrechando con fuerza la mano ofrecida, y enseguida agregó: -Pero pase, pase.
Al entrar a la casa, Coria observó la presencia de otro hombre parado junto a una rústica mesa de madera.
-Perdone usted, no sabía que estaba con gente.- dijo a modo de disculpa.
-No hay problema, él ya se vá.- dijo el Doctor, y dirigiéndose al tercero agregó: -Quedamos así, llamame cuando tengas todo arreglado.
-Listo jefe, nos hablamos.- contestó el otro y se marchó.
El Doctor cerró la puerta y acercó a la mesa dos sillas plásticas de color blanco, ofreciéndole una de ellas a Coria y diciendo: -"Póngase cómodo, ya estoy con usted."
Tomó entonces un pequeño handy que había sobre la mesa y se dirigió al otro extremo de la habitación. Coria pudo escuchar que decía por lo bajo: -"Negro me copiás?", y esperó la respuesta.
Mientras ésto ocurría Coria aprovechó para echar un rápido vistazo al lugar. El ambiente era amplio y albergaba la cocina y comedor a la vez; aunque modesto, lucía limpio y ordenado. Sobre uno de los extremos una puerta de madera comunicaba con lo que probablemente fuera el dormitorio, y en el sector destinado a la cocina una segunda puerta daba a un pequeño patio donde se hallaban el baño y un gran piletón que servía de lavadero. Todo el ambiente se hallaba igualmente pintado de color blanco y el escaso mobiliario se reducía, además de la mesa citada y sus dos sillas, a un par de modulares con estantes y dos muebles bajos con puertas, uno de los cuales soportaba un pequeño televisor.

(continuará)


sábado, 16 de enero de 2010

EL MONSTRUO

La habitación de Juancito tenía la virtud de poseer una gran ventana, algo que no podía ofrecer la de su hermano Abel, cuatro años mayor que él. Aunque era algo más grande, el cuarto de Abel sólo tenía dos pequeños ventiluces situados en la parte alta de la pared pero aún así él la había preferido porque era la habitación de mayor tamaño. Para neutralizar la ventaja de su hermano Abel solía decirle que debía tener cuidado con esa ventana, pués por las noches podría colarse fácilmente algún intruso. Pero, a pesar de la intencionada advertencia, Juancito estaba contento con su ventana.
La abertura daba a un patio interno de modestas dimensiones al cual se accedía mediante una puerta ubicada al final de la cocina. El patio, a su vez, albergaba varios macetones con plantas diversas de considerable tamaño y mostraba un piso de madera al cual el tiempo había tornado vetusto. Durante el día la luz y el sol inundaban la habitación con radiante luminosidad, pero por las noches el viento movía las grandes hojas de las plantas y éstas proyectaban sobre los cristales caprichosas sombras que dibujaban erráticas y sugestivas formas. Esto, sumado al tenue sonido que producía el roce de las hojas, perfectamente audible en la quietud de la noche, estimulaba a menudo en Juancito la imaginación y la fantasía que a los diez años todavía permanecen intactas.
Pero esa noche era diferente. Más allá de las cambiantes sombras sobre la ventana, que aún a fuerza de costumbre no dejaban de resultar preocupantes, Juancito escuchó con claridad el crujir del piso de madera, sonido que el viento era incapaz de producir y que sólo podía escucharse si alguien, o algo, caminaba sobre él. Sintió como se aceleraban los latidos de su corazón y mientras observaba fijamente las movedizas figuras en la ventana experimentó una sensación extraña y ambigua, entre tranquilidad forzada y temor. Y aún cuando la puerta del patio siempre permanecía cerrada por las noches para Juancito la certeza no podía resultar más inquietante: algo caminaba ahí afuera.
La tranquilidad pronto se esfumó y quedó sólo el temor, que se convirtió rápidamente en miedo. Aunque se había tapado con la sábana hasta la cabeza no podía evitar pensar en las palabras de su hermano. Sintió un escalofrío de sólo imaginar que el intruso pudiera entrar de alguna forma y hasta le pareció sentir su presencia al pié de la cama.
Se destapó de golpe y miró a su alrededor. No había nadie. Volvió a escuchar el crujido de la madera, ésta vez más claramente, más cercano, inminente. No aguantó más. Se levantó de la cama lentamente, con todo el sigilo posible, y se acercó a la ventana. Se detuvo a una distancia prudencial mientras observaba las sombras que continuaban danzando sobre el cristal. A pesar del miedo Juancito sentía en su cuerpo una sensación extraña que lo obligaba a actuar. El cerebro lúcido, las pupilas dilatadas, los sentidos alerta. Y aunque poco sabía de adrenalina recordaba que su padre lo había resumido un día con simpleza: "A veces un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer, y sin medir riesgos", había dicho, y entonces comprendió que la sentencia se refería sin duda a éste tipo de situaciones.
Imbuído de un repentino valor caminó con paso firme hacia la ventana. Miró a través del vidrio y observó el pequeño patio con macetones pero no vió a nadie. Una sensación de alivio recorrió su cuerpo y los músculos se relajaron, pero un nuevo y sonoro crujido volvió a helar su sangre. No había dudas: esa cosa estaba ahí, justo frente a él, apenas al otro lado de la ventana. ¿ Qué hacer?

Pensó en llamar a su padre pero descartó la idea de inmediato. Se mofaría de él y le diría una vez más que ya estaba grandecito para tonterías. Otra posibilidad era acostarse y taparse completamente pero ésto tampoco lo convenció. Jamás lograría dormirse en semejante situación y, aún peor, quedaría a merced del monstruo y sus garras. Entonces comprendió que no había opción: tendría que enfrentarlo. La suerte estaba echada y no volvería atrás.
Respiró hondo y sintió que el aire inundaba sus pulmones y sus venas mientras una cálida sensación tensionaba todos los músculos de su cuerpo. Levantó su mano y la dirigió hacia la ventana. Descorrió el cerrojo lentamente mientras se repetía: "A veces un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer". Su corazón latía aceleradamente en su pecho y en las sienes. "Sin medir riesgos", remató, y abrió por fin la ventana completamente.
Sintió en su cara el aire fresco de la noche pero no vió a nadie. Se acercó aún más y observó detenidamente el patio. Sólo estaban los conocidos macetones y las grandes plantas. Sintiéndose más tranquilo se recostó contra el marco mientras pensaba que quizás todo había sido simplemente una ilusión, una mala jugada de su imaginación. Pero de pronto ocurrió algo inesperado que lo sacudió de espanto: desde lo bajo de la ventana y frente a sus ojos comenzó a erguirse una sombra difusa y espectral, de aspecto semihumano. Bajo la suave luz de la Luna semejaba un bulto informe cubierto con una gran lona. La cosa terminó por fin de levantarse y moviendo lo que parecían ser sus brazos emitió un gruñido gutural, grave, gangoso.
Juancito estaba parado frente al monstruo petrificado de terror, pero entonces ocurrió lo increíble. Impulsado por algún desconocido instinto, cerró su puño derecho como le había enseñado su padre: primero los dedos largos, luego el pulgar. Llevó el brazo hacia atrás y descargó un puñetazo con toda su fuerza hacia el lugar donde supuso que debería estar el horrendo rostro de la bestia. El gruñido cesó de inmediato, y mientras Juancito se acomodaba para un segundo golpe la criatura llevó sus manos hacia el lugar del impacto e increíblemente...comenzó a sollozar.
La inesperada reacción sumió a Juancito en la confusión, por lo que prefirió actuar con prudencia. Cerró apresuradamente la ventana y se alejó unos pasos, mientras el dantesco bulto desaparecía velozmente del patio. La situación parecía dirimida pero Juancito se hallaba como poseído por una excitación extrema, una sensación que no había experimentado nunca antes y que lo impulsaba a desafiar el peligro. Estaba dispuesto a terminar la faena.
Se acercó nuevamente a la ventana y la abrió sin pensarlo, se asomó al patio, miró hacia arriba, abajo, a los costados. Nada. El monstruo parecía haber tenido lo suficiente y había huído cobardemente. Envalentonado, se quedó un instante acodado en el marco de la ventana en actitud desafiante y provocativa. Luego la cerró y se dirigió satisfecho a su cama.
Se acostó sin cubrirse mientras repasaba mentalmente la increíble aventura. ¿De dónde había salido esa cosa?, ¿Cómo había entrado al patio?, ¿Por dónde se fué? Pero los detalles poco importaban. Se sentía asombrado de su propio valor y orgulloso de su coraje. Había aprendido que podía enfrentar sus miedos y vencerlos.
Abel también había aprendido lo suyo. Mientras frotaba su dolorida nariz y acomodaba la sábana nuevamente en su cama decidió que en adelante buscaría una forma menos peligrosa de molestar a su hermano.
Ya cuando el sueño comenzaba a dominarlo, Juancito pensó que si contaba lo sucedido a su familia nadie jamás le creería y seguramente se burlarían de él. De manera que, muy a su pesar, decidió conservar el secreto. No contaría nunca a nadie lo ocurrido esa noche. Abel, por supuesto, tampoco.

©Horacio Benites

Un nuevo año

Hola amigos! Luego del paréntesis motivado por las celebraciones del cambio de año volvemos a encontrarnos, con ganas y energías renovadas. Quizás la actividad del blog sea un poco menor por éstos días. Ello se debe a que me encuentro preparando los detalles inherentes a la próxima publicación de algunas de mis obras. Aún así, les ofreceré en la siguiente entrada un nuevo relato que espero será de vuestro agrado. Confío en que el año que se inicia sea de bonanza para todos y pleno de sueños y proyectos, ya que son éstos los que dan el verdadero sentido a la Vida. Mis mejores deseos para todos!

martes, 8 de diciembre de 2009

MARIEL



Dedicado a R.P.






MARIEL













Noche de luna, noche cualquiera,


y el aire cálido del estío.


Sólo buscaba de nuevo la quimera


que desbordara mi corazón vacío.


-









Quiso el destino que te encontrara


en un tiempo y lugar equivocados,


y a despecho del mundo te aceptara


sin importarme tu presente ni el pasado.


-








Desataste en mi pecho una asonada


y una horda de pasión no reprimida,


liberando la ilusión encadenada


y salvando del destierro la alegría.


-








Todavía confundidos los sentidos


en un cuarto de hotel nos entregamos,


y arrancándonos los miedos y el vestido


desnudamos el alma y nos amamos.


-








En mis brazos floreció tu corazón herido


en un Edén de amor y de belleza,


transformando en recuerdos lo sufrido


y trocando tu dolor en fortaleza.


-


Y descubriste un mundo de nuevas sensaciones


que estallaron en tu pecho esa noche que lloraste,


y sin medir el poder de tus palabras


amor por siempre entonces me juraste.


-








Pero lo eterno perduró tan sólo un tiempo


y la pasión que cada noche me entregaste


se hizo cenizas esparcidas por el viento


y buscando tu destino te alejaste.


-








Comprendí que el amor no es suficiente


y la efímera ilusión se hizo pedazos;


hoy inunda de tristeza mi presente


el recuerdo de tu cuerpo entre mis brazos.


-








Respetaré la libertad que me pediste


y aceptaré con dolor que te hayas ido.


Me quedaré con los besos que me diste


y el estúpido consuelo de haber sido.


-








Y a pesar de las promesas incumplidas,


así mi alma se llene de vacíos,


desearé que seas feliz toda la vida


aunque tengas que serlo lejos mío.


-







©Horacio Benites


domingo, 22 de noviembre de 2009

Baldomero Fernández Moreno


Estimado lector: Con la sencilla reseña que les presento a continuación pretendo inaugurar y compartir con ustedes una serie de modestos homenajes a través de los cuales podremos recordar con admiración y respeto a todos aquellos que, con su dedicación y su obra, nos han permitido apreciar la secreta belleza que encierra el maravilloso arte de la palabra escrita. En ésta ocasión nos ocuparemos del Sr. Dr. Baldomero Fernández Moreno.

Nacido en el año 1886 en el porteño barrio de San Telmo e hijo de padres españoles, pasó los años de su infancia en España hasta el despertar de la adolescencia, regresando a Buenos Aires en 1899 y afincándose en una casona ubicada sobre la calle Rivera Indarte, en el barrio de Flores Sur. A la vez que completaba sus estudios de Medicina, profesión que ejercería a la par de su vocación poética, comenzó a escribir sus primeros versos publicando finalmente en 1915 su primer obra: "Las iniciales del misal". Contaba entonces 29 años.

A partir de aquí, Fernández Moreno comenzaba a despegarse literariamente de la ostentación del Modernismo para cultivar un estilo propio, llano y realista, inspirado y encuadrado dentro de la corriente denominada Sencillismo. En efecto, sus versos presentan una premeditada simpleza sin perder por ello profundidad ni fuerza, teniendo la virtud de rescatar la poesía oculta en las cosas simples y cotidianas. En su obra se observa una marcada inclinación nacionalista basada en temas autóctonos como la renovada visión de la estética porteña y la admiración por los apacibles paisajes provincianos, conservando a la vez una vigente universalidad.

Fallece en Buenos Aires en el año 1950 víctima de un derrame cerebral a los 64 años de edad.

De su obra compartiremos uno de sus sonetos más logrados y conocidos, en el que puede apreciarse una acabada técnica que transforma la sencilla visión de un repetido escenario en fuerza poética que trasciende los ojos y llega al alma del lector sensible.


SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR


Setenta balcones hay en ésta casa,

setenta balcones y ninguna flor.

A sus habitantes Señor, ¿Qué les pasa?

¿Odian el perfume, odian el color?


La piedra desnuda de tristeza agobia,

¡Dan una tristeza los negros balcones!

¿No hay en ésta casa una niña novia,

no hay algún poeta bobo de ilusiones?


¿Ninguno desea ver tras los cristales

una diminuta copia del jardín,

en la piedra blanca trepar los rosales,

en los hierros negros abrirse un jazmín?


Si no aman las plantas no amarán el ave,

no sabrán de música, de rimas, de amor.

Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave...

¡Setenta balcones y ninguna flor!


Baldomero Fernández Moreno



domingo, 8 de noviembre de 2009

ROCO

Al entrar sintió que todas las miradas se clavaban en él. Su aspecto citadino contrastaba con la rusticidad del lugar y los parroquianos, hombres fieros y moldeados por el rudo trabajo en el bosque, lo observaron con mirada torva y desconfiada.
Observó desde la puerta el interior del tugurio y lo reconoció enseguida. Se dirigió resueltamente hacia el mostrador donde se hallaba un tipo enorme de rasgos aindiados y pelo hirsuto. De su camisa arremangada sobresalían dos brazos gruesos y fuertes que terminaban en manos como tenazas. No era muy diferente de como ella lo había descripto.
Rodríguez se acercó a él hasta ponerse a su lado.
-Disculpe, buenas noches. Estoy buscando al señor Roco.- dijo al tiempo que se acodaba sobre el mostrador. El otro lo miró apenas girando su cabeza.
-Qué necesita?.- preguntó secamente a modo de presentación. Rodríguez comprendió que debía ir al grano y dejar las formalidades para otra ocasión.
-Mi nombre es Jorge Rodríguez y necesito hablar con usted. Debo pedirle un favor.
-Sí, y?
-Debo ir a Las Cuevas mañana y necesito un baqueano que sepa cruzar la espesura.-explicó.
El otro se enderezó sobre sí mismo con una mueca de desinterés.
-Y por qué iba yo a hacerle un favor a usted?.- preguntó sin mirarlo.
-Bueno..., anoche estuve con Rosita. Dijo que usted es el mejor.
Rosita era la hermana del tal Roco y trabajaba de prostituta en un bar al otro lado del pueblo, lo cual molestaba mucho a su hermano. Pero él siempre estaba dispuesto a protegerla y no era un tipo de andarse por las ramas. En una ocasión la chica conoció a un hombre y se fué a vivir con él. Al tiempo el sujeto comenzó a maltratarla hasta que un día Roco dijo a su hermana: -No volverá a pegarte.- El novio desapareció misteriosamente esa misma noche. A la semana encontraron en un monte vecino lo que quedaba de su cuerpo, ya putrefacto y comido por las alimañas. Ella fué siempre la debilidad de Roco y nombrarla era una especie de salvoconducto frente a la bestia. Al oír su nombre, los rasgos del indio parecieron suavizarse.
-Sí, recibí un recado de ella. Dijo que un gringo vendría a verme. ¿En qué anda la turra? ¿Cómo está?- preguntó el grandote, y agregó: -Hace mucho no viene a verme.
-Está bien. Hace lo de siempre pero ella está feliz.- contestó Rodríguez mientras pedía una botella de tinto, sabedor que la bebida facilitaría el diálogo.
-Es una buena chica - dijo el otro acercando instintivamente su vaso - ¿Y usted qué quiere?
Su rostro había recuperado la dureza inicial.
-Como le dije, necesito ir a Las Cuevas. Tengo entendido que la única forma de llegar es tomando alguno de los dos senderos que salen de la estancia Nahuel Aiké, y ambos atraviesan la espesura. Por eso necesito un buen baqueano que conozca el bosque como la palma de su mano. No podría cruzarlo solo.- explicó.
-Quizás no pueda ni siquiera con un baqueano.- contestó el hombre antes de vaciar su vaso de un solo trago, y agregó: - Muchos no han vuelto. Y dígame, ¿para qué quiere ir?
-Le diré la verdad: escribo para un diario de Buenos Aires y me enviaron aquí para hacer una nota sobre un supuesto desvío de fondos.- explicó Rodríguez - ¿Recuerda el hospital nuevo que prometió el intendente Franco? Bueno, parece ser que los fondos fueron empleados, digamos...para otros fines.
-¡Já! - rió el indio - ¡Franco! Si lo conoceré yo a ese hijo de puta! Antes de meterse en política venía a emborracharse acá.
-Es un excelente dato - contestó él - pero la nota no me interesa. La corrupción entre políticos ya no es noticia, pero me interesa Las Cuevas. Sé que allí han pasado cosas.
-¿Qué puede saber usted de lo que pasa acá, un pobre pueblo escondido al pié de la montaña?- preguntó Roco, a quien el tema parecía molestarle.
-Sé más de lo que usted cree, tengo mis fuentes - respondió Rodríguez mientras llenaba de nuevo los vasos - Sé que desapareció un baqueano y que el comisario dispuso una partida de cinco hombres más él para buscarlo en la espesura.- hizo una pausa y agregó: - También sé que regresaron sólo tres.
El otro lo miraba fijamente sin decir palabra.
-Quiero saber que hay allí - continuó Rodríguez - y lo haré de cualquier modo, con su ayuda ó sin ella. Claro que si cuento con usted será más fácil.
Se hizo un corto silencio y ambos apuraron sus vasos.
-Fué un suceso desgraciado - dijo finalmente Roco - jamás se supo nada.
-Sí se supo! - afirmó él - Se encontraron restos que fueron sometidos a análisis. Pude ver el dictámen del Dr. Langiano que actuó como forense. Sabe cual fué su veredicto?

(continuará)


©Horacio Benites

PASION

La búsqueda resulta a veces más pasional que el hallazgo, y el deseo más ardiente que la satisfacción.

PASION

Quisiera una noche dejar de soñar
y en mi lecho blando poderte encontrar.
A tus dulces ojos mirar sin hablar
y con mis labios húmedos tu piel navegar.


Tu cuello y tus senos despacio besar
y hasta tu tesoro dejarme llegar.
Oír tus suspiros, sentirte temblar,
y la miel de tu sexo poder saborear.


Y cuando tus pliegues comiences a mojar
y sienta en mi lengua que vas a explotar
tu fina cintura con fuerza abrazar
y todos tus huecos poder penetrar.


Una vez, dos veces, muchas veces más
tus suaves gemidos poder escuchar.
Y cuando tu volcán esté por estallar
darte más placer hasta oírte gritar.


Aunque pidas basta sé que mentirás,
y cuando mi torrente sienta desbordar
quisiera en tus labios de seda sin par
mi tibio néctar de amor derramar.


©Horacio Benites

BARRIO

El barrio 31 de Marzo no era muy diferente de los demás barrios que pululan por todo ese inmenso espacio que llamamos Gran Buenos Aires. A diferencia de las zonas más o menos céntricas, con mayor desarrollo a nivel edilicio y de infraestructura, los barrios presentan una fisonomía particular, con calles angostas y de asfalto irregular a cuya vera se suceden casas bajas y veredas de diferente aspecto y calidad según el vecino de quien se trate. El paisaje, relativamente homogéneo, se vé interrumpido cada tanto por la presencia de algún lote aún sin edificación alguna. Pero quizás la particularidad más notable del barrio sea su alma.
En efecto, éstas vecindades suburbanas tienen vida propia y esa vitalidad se manifiesta en forma de una amalgama de códigos, costumbres y actividades que le son propias y con protagonistas bien definidos, y el 31 de Marzo no era una excepción. Sin embargo, lo que daba al barrio su verdadero carácter eran los vecinos, toda gente trabajadora y decente por supuesto, pero vecinos al fin. Y aunque todos se prodigaban en público efusivas muestras de respeto mutuo aquí todos sabían quién es quién.
La intimidad era considerada algo sagrado, ó mejor dicho la intimidad propia. Cuando se trataba de los demás la cosa era diferente. No era cuestión de andar con chusmeríos, desde luego, pero había que cuidar la reputación del barrio. No era suficiente conocer un poco. Había que saberlo, si era posible, todo. Y para ésta encomiable tarea los vecinos echaban mano a una variedad de recursos.
Las escuchas a través de la medianera y los oteajes desde la terraza eran importantes, pero nada tan permanente e insidioso como el rumor. Cuando éste surgía, normalmente a partir de un comentario con apariencia nimia e inocente, se ponía en marcha toda una maquinaria tan voraz como implacable. Para colmo, el rumor tiene la virtud de reproducirse con rapidez y a medida que se propaga gana en volúmen y peso. Y en el 31 de Marzo no faltaban voluntariosos emisores ni escenarios adecuados.
El mercadito de Clemente y la feria de los Jueves eran privilegiadas tribunas que funcionaban como permanentes usinas de información fresca, y aunque el barrio en sí era bastante tranquilo siempre había alguna trifulca ó escandalete casero que amenizaba la semana. Los decesos merecían un tratamiento especial por una cuestión de respeto al difunto, al menos cuando eran recientes, pero no así los entuertos amorosos que gozaban de una merecida predilección. Cuando algún vecino caía víctima de un rumor de éste tipo el ó la infortunada debía actuar con rapidez y demostrar su inocencia a satisfacción, lo que no era poca cosa. De lo contrario, su historial quedaría manchado a perpetuidad. De manera que había que estar atento.
Como es de imaginar, la presencia de una cara nueva en el barrio producía entre los vecinos una mezcla de regocijo y desconfianza. Ya desde el vamos, el novato era monitoreado cuidadosamente y sometido a una silenciosa pero eficaz pesquisa. Había que saber toda la verdad, y si no se sabía toda bueno...para eso estaba el rumor.

(continuará)

domingo, 4 de octubre de 2009

AMIGO PUCHO

La amistad, como el verdadero amor, es reincidente. Todo se suaviza, justifica y perdona. Y al final, aunque nos dañe, siempre se vuelve por el camino de la resignación.

AMIGO PUCHO

Te conocí, amigo pucho,
allá por mi adolescencia
cuando falto de experiencia
y a medida que crecía
vos afirmabas mi hombría
con tu canchera presencia.

Estuviste en la fulera
cuando el alma me dolía.
También cuando la alegría
mi corazón desbordaba,
y si la suerte fallaba
vos eras mi compañía.

Y aquellas noches de lluvia
cuando esperaba en la esquina
a que llegara la mina
de quien ya no era su dueño
vos mantenías mi sueño
de alquitrán y nicotina.

Pero no quise escuchar
lo que todos me advertían.
Mis amigos lo decían:
"Dejá el pucho, no seas necio".
Sabían que un alto precio
algún día pagaría.

Yo te perdono mi amigo
a pesar que me arruinaste,
porque también me ayudaste
cuando lo necesitaba mucho.
Y sólo pido a San Pedro
cuando me toque viajar
que haya en el Cielo un lugar
donde al menos...vendan puchos.
©Horacio Benites

domingo, 20 de septiembre de 2009

CUANDO TE VAYAS

Disfruta hoy el presente. Mañana llegará el pasado y nada será igual.


CUANDO TE VAYAS


Y el Sol era fuego,
y la flor un surco,
y la noche un tiempo
y el abismo nada...
cuando no estabas.


Pero el Sol fué vida,
y la flor capullo,
y la noche Luna
y el abismo valle...
cuando llegaste.


Y el Sol es brasa,
y la flor hermosa,
y la noche cómplice
y el abismo prado...
cuando te tengo.


Pero el Sol será infierno,
y la flor cizaña,
y la noche miedo
y el abismo inmenso...
cuando te vayas.
©Horacio Benites

AUTOENCUENTRO

Cultiva el lado bueno de tu naturaleza y ayúdalo a crecer vigoroso; el otro no necesita cuidados, crecerá solo.

AUTOENCUENTRO
Quizás era la falta de descanso, pues anoche se había acostado tarde. O quizás fuera el siempre ajustado presupuesto que también anoche había estado revisando. Lo cierto era que esa mañana su natural indisposición para la sociabilidad se hallaba exacerbada. Sólo quería cubrir las cinco cuadras que lo separaban de su lugar de trabajo lo más rápidamente posible, y cuanto menos gente cruzara en su camino, mejor.
Cuando el semáforo de Cerrito lo detuvo encendió un cigarrillo y esperó impaciente. A sus espaldas pudo escuchar a una mujer que detallaba el lugar a otra persona.
-Esta es la Avenida 9 de Julio - decía - y ese es el Obelisco.-
Su acento era decididamente sudamericano, pero a él se le antojó que debía ser peruana.
Los autos pasaban a gran velocidad mientras la mujer continuaba su minuciosa descripción, llamando la atención el hecho que la otra persona no dijera una palabra.
-¡Esto sí que está bueno! - pensó - Estos no sólo vienen a robar acá sino que además se traen la parentela y se hacen los guías de turismo. Bueno, es lógico - continuó -, allá se mueren de hambre. Prefieren venir a un país civilizado a trabajar de fregonas y aunque no ganen mucho siempre estarán mejor.
Pero no era suficiente. Sintió que debía haber alguna razón más para odiarlos.
- Claro, de paso usan gratis los hospitales y los servicios públicos que pagamos nosotros, total ellos se dedican a robar o trabajan en negro y no aportan nada. Así fomentan la desocupación.- explicó.- ¡Habría que meterlos a todos en un camión y mandarlos de vuelta a su país! -remató - ¡Si serán ignorantes que ella habla y el otro ni siquiera le contesta!.-
Al cambiar el semáforo, y a pesar de su apuro, caminó lentamente pues quería ver a éstos sujetos. Los otros se adelantaron y cuando estuvieron junto a él los miró con desprecio.
La mujer era morena y rolliza, de cara redonda y aspecto pueblerino. El muchacho que la acompañaba, muy flaco y de hombros enjutos, tendría unos veinte años y sujetaba firmemente la mano de ella. Sus piernas estaban visiblemente torcidas, lo que lo obligaba a caminar con un movimiento grotesco. Su brazo derecho padecía igual deformidad, inmóvil junto a su cuerpo. En su rostro podían verse los signos de un mogolismo irreversible.
La mujer notó que él los miraba.
- Es mi hermano - dijo con orgullo, y explicó: - Cuando me vine se puso muy triste pero le prometí que lo traería algún día. Soy su única familia y en el orfanato lo trataban muy mal. A veces incluso le pegaban. Ahorré cada peso como pude, trabajando hasta dieciséis horas al día, pero al final le cumplí! Era su sueño y ahora está feliz, vé? - dijo señalándolo. En la cara deforme del muchacho se dibujaba una estúpida e infantil pero feliz sonrisa.
- Claro..., está muy bien.- dijo él.
Mientras la mujer continuaba describiéndole el lugar los ojos enormes del chico parecían querer abarcarlo todo. Había más vida en ellos que en todo el resto de gente que los rodeaba.
Los otros se alejaron y él continuó su paso con lentitud, olvidando su apuro, el presupuesto y la gente. No podía evitar sentirse un imbécil, una basura. Hubiese querido correr, alcanzarlos, pedir perdón; pero no lo haría. La estupidez es muy difícil de explicar.
Quizás fué en ese momento que comprendió un poco más sus propias limitaciones, su propia debilidad. Y quizás entendió además que, a pesar de su aparente normalidad, él también podía ser un minusválido.
©Horacio Benites

LINYERA

El poema que hoy les traigo está dedicado a todas esas personas que a diario deambulan por las calles sin rumbo, identidad ni destino. Ignorados, evitados, despreciados; quizás lo sean porque con su insolente presencia no hacen más que recordarnos nuestras propias miserias.


LINYERA


Iba solo, casi nadie lo miraba;
parecía ausente, pero él estaba.
Desde su pena veía la vida que lo rodeaba
y lo bello de vivir se le mostraba.


La alegría que paseaba,
el amor que se exhibía,
recordándole con saña
aquello que no tenía.


La familia regresando,
cual lejana alegoría,
al hogar que una vez tuvo
y que ya no encontraría.


Su pasado de persona
aquello le recordaba
y de repente su mundo
en mil trozos estallaba.


La traición clavó su daga
con pericia consumada
quebrando todos los sueños
de su alma inmaculada.


Afectos idos, ojos ausentes,
todos recuerdos que lastimaban.
El acero invita a liberarse;
ya no aguantaba.
Y ayer la vida volvió a mostrarse...
pero él no estaba.
©Horacio Benites

HOY...

Aunque González de Salas, amigo de Francisco de Quevedo y Villegas, las imaginara castellanas en su célebre Parnaso, allá por el siglo XVII, lo cierto es que las Nueve Musas del Olimpo han sido siempre universales. Y seguramente fué Erato quién, con el permiso de Zeus y la compasión de Mnemósine, vino en ayuda de éste corazón enamorado para inspirar los versos que hoy quiero compartir con ustedes.

Dedicado a V.M.


HOY...
Mi cerebro se resiste, empecinado,
ante el sentir que a comprender no alcanza.
Pero los sentimientos fluyen con inexorable calma
y hoy no escribo con mi cuerpo, hoy escribo con el alma.
Y descubro ahora, de repente,
que todas las palabras en el mundo
apenas si me alcanzan.
¿Cómo explicar entonces lo que siento?
Cómo explicar que hoy he nacido,
que tu espíritu y mi alma liberados
se entrelazan en audaz correspondencia,
y que la sóla luz de tu existencia
bastó para sanar mi corazón herido.
Cómo explicar que hoy no importa lo sufrido
y que al sólo calor de tu presencia
ha logrado el poeta, renacido,
revivir en tu sangre y en tu esencia.
Hoy celebro las tinieblas que se han ido
dejando apenas como saga de su herencia
dos pasados en uno redimidos
y el temor por la tortura de tu ausencia.
Y es por eso que a pesar de lo perdido
la opresora soledad se ha terminado,
el tiempo del dolor ha concluído,
los fantasmas del pasado se han marchado.
La esperanza del amor has revivido
y tu cuerpo y tus labios que he besado
estallan hoy en mi corazón henchido
para sentir en mi pecho alborotado
que todos los pesares has vencido
porque hoy... hoy de tí estoy enamorado!

©Horacio Benites